EL GUSTO POR LO DIVINO
Estamos donde está nuestro pensamiento. El mundo externo nos atrapa en la medida que nuestro pensamiento se encuentra allí queriendo poseer los objetos, deseándolos, pensando en términos de comprar y tener. Las cosas externas no tienen poder sobre nosotros, lo que nos ata es el pensamiento que colocamos en ellas.
El mundo tiene sus secretos, sus sendas ocultas que conducen a la realidad interior. La inteligencia divina dejó rutas marcadas en el planeta para que la conciencia humana pudiera elevarse y encontrarse a sí misma, encontrar al Yo Soy, al Ser. Para encontrarlas necesitamos descubrir la belleza divina en las formas del planeta. Si te puedes extasiar ante la luminosidad de un amanecer, la belleza de un árbol, el azul del cielo, el mar, la lluvia, los pájaros, los ríos, si las maravillas de la naturaleza mueven tu corazón y lo estremecen, permanece vigilante, porque se ha comenzado a abrir una puerta.
La belleza, la verdadera belleza tiene la cualidad de ubicarte en el presente y para ello, por un instante, detiene tu pensamiento. Cuando quedas absorto ante la majestuosidad de un paisaje, en ese preciso momento algo en ti comienza a abrirse porque todo lo que te sujetaba al mundo externo comienza a desvanecerse. La belleza, la más excelsa cualidad de Dios Madre, nos permite liberarnos de los procesos mentales que nos atan el mundo externo del tener y sutilmente nos lleva al mundo interno del ser.
Cuando atentamos contra la belleza estamos cortando las posibilidades de encontrar el camino hacia la verdad del Ser. Ahora podemos comprender un poco más el porqué nuestro mundo se llenó de fealdad y lo feo, lo roto y manchado se han puesto de moda. La flacura desmedida, las ojeras, los pelos desaliñados, caminan por las pasarelas de la moda en un mundo de glamour y fealdad. No es de extrañar que el poder que gobierna al mundo quiera apartarnos de lo que somos porque, si nos descubrimos a nosotros mismos, se quedan sin clientes. . .

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